“La Iglesia Católica: la gran constructora de la civilización occidental”

Ahora Sociedad

Por Gustavo M. Guillermé
Presidente del Congreso Mundial de Diálogo Intercultural e Interreligioso
“Una senda hacia la paz”

En un mundo atravesado por la incertidumbre, la fragmentación cultural y la pérdida de referencias éticas comunes, Occidente enfrenta una pregunta decisiva: ¿sobre qué valores quiere sostener su futuro? La respuesta, aunque algunos intenten relativizarla, está profundamente arraigada en su historia: el cristianismo y, de manera inseparable, la acción sostenida de la Iglesia Católica en su expansión y consolidación.

Desde sus orígenes, la civilización occidental no solo fue inspirada por la fe en Jesucristo, sino también estructurada, organizada y proyectada por la Iglesia Católica. No se trata únicamente de una influencia espiritual, sino de una tarea histórica concreta: la Iglesia fue protagonista central en la formación cultural, educativa, institucional y social de Occidente. Allí donde otros vieron caos tras la caída de los imperios, la Iglesia construyó orden, comunidad y sentido.

A lo largo de los siglos, la Iglesia Católica no solo difundió el mensaje del Evangelio, sino que también sentó las bases de la civilización occidental. Fundó universidades, preservó el conocimiento clásico, impulsó el desarrollo del derecho, promovió la dignidad de la persona y organizó la vida social en torno a valores trascendentes. En definitiva, no solo acompañó el desarrollo de Occidente: fue uno de sus principales motores.

Figuras como el apóstol Pablo de Tarso iniciaron esta tarea, llevando un mensaje revolucionario que rompía barreras culturales, sociales y étnicas. Pero fue la Iglesia, como institución viva, la que a lo largo de los siglos transformó ese mensaje en civilización. La idea de que todos los hombres son iguales ante Dios, de que la vida tiene un valor sagrado y de que existe una ley moral superior no solo se predicó: se institucionalizó y se proyectó en las estructuras mismas de la sociedad occidental.

La expansión de Occidente —primero en Europa y luego en América— no puede comprenderse sin el papel central de la Iglesia Católica. En el continente americano, por ejemplo, la Iglesia no solo evangelizó, sino que también fundó ciudades, organizó comunidades, educó poblaciones y, en muchos casos, defendió a los más vulnerables frente a abusos. La presencia de una iglesia frente a la plaza central de casi cada pueblo no es una coincidencia arquitectónica: es el símbolo visible de un orden social construido sobre una visión cristiana del mundo.

En la Argentina, como en gran parte de América Latina, esta realidad es evidente. La inmensa mayoría de las ciudades y pueblos nacieron al calor de la Iglesia Católica. Su presencia no fue accesoria, sino fundacional. Donde hubo Iglesia, hubo comunidad; y donde hubo comunidad, hubo civilización.

Sin embargo, Occidente parece hoy olvidar esta verdad histórica. En Europa y en América, la fe ha sido progresivamente relegada al ámbito privado y, con ella, también se ha intentado minimizar el rol de la Iglesia en la construcción de nuestras sociedades. Este proceso no ha sido inocuo: ha generado una crisis de identidad, una pérdida de sentido y una creciente fragilidad moral.

Desconocer el papel de la Iglesia Católica en la expansión de Occidente no solo es un error histórico: es una forma de debilitar los cimientos sobre los cuales se construyeron nuestras instituciones. Los valores que hoy consideramos universales —la dignidad humana, la libertad, la justicia y el bien común— no surgieron espontáneamente: fueron cultivados, defendidos y transmitidos durante siglos por la tradición cristiana y, de manera decisiva, por la Iglesia.

Por eso, resulta imprescindible no solo reconocer, sino también revalorizar el rol de la Iglesia Católica en la vida contemporánea. No como una imposición, sino como una guía moral y cultural que sigue teniendo mucho que aportar. La Iglesia no es un vestigio del pasado: es una institución viva, con una responsabilidad presente y futura en la orientación ética de nuestras sociedades.

A esto se suma una realidad alarmante: la persecución de los cristianos en el mundo actual. En pleno siglo XXI, millones de personas sufren violencia, discriminación e incluso la muerte por profesar su fe. Frente a esto, el silencio de Occidente resulta incomprensible. Defender la libertad religiosa es, en esencia, defender uno de los pilares fundamentales sobre los cuales la propia civilización occidental fue construida.

Sudamérica y todo el continente americano tienen, en este contexto, una responsabilidad particular. No solo heredaron la tradición cristiana, sino que fueron profundamente moldeados por la acción concreta de la Iglesia Católica. Por ello, tienen el deber moral de cuidar, proteger y fortalecer esa herencia como parte esencial de su identidad.

Hoy más que nunca, el mensaje del Evangelio y la misión de la Iglesia deben volver a ocupar un lugar central. No como una mirada nostálgica del pasado, sino como una respuesta viva a los desafíos del presente. Occidente necesita redescubrir su alma, y esa alma no puede comprenderse sin el cristianismo ni sin la Iglesia que lo sostuvo, lo expandió y lo encarnó a lo largo de la historia.

Occidente fue, es y será una civilización profundamente marcada por sus raíces judeocristianas. Negar el papel de la Iglesia Católica en ese proceso no es solo desconocer la historia: es renunciar a comprender el presente y a construir el futuro.

Hoy, los hombres y mujeres de buena voluntad están llamados a asumir esta verdad con responsabilidad. No desde la confrontación, sino desde la convicción, el compromiso y la claridad histórica. Porque en la defensa del cristianismo y en el reconocimiento del rol de la Iglesia Católica no solo está en juego una tradición, sino el futuro mismo de Occidente.